El secreto de la verdadera plenitud según Eclesiastés
Por Raimundo Baravaglio • Lectura recomendada
Casi todos hemos caído en la trampa mental de pensar que la dicha llegará cuando finalmente alcancemos aquello que nos falta; sin embargo, la historia demuestra que la abundancia material y los logros humanos jamás han sido suficientes para saciar el anhelo profundo del alma.
El espejismo del anhelo constante
Es muy común escuchar o decir la típica frase: «Yo sería feliz si tuviera…». A partir de ahí, la imaginación no tiene límites y desfilan deseos de todo tipo.
Solemos convencernos de que la tranquilidad o el gozo definitivo llegarán con un cambio de escenario exterior:
- Más dinero en la cuenta o una casa más espaciosa.
- Un automóvil nuevo o un trabajo diferente.
- Fama, reconocimiento social o esferas de poder.
- Mayor conocimiento académico o incluso otra pareja.
Pero la pregunta clave sigue abierta: ¿cómo completarías tú esa frase hoy? Mirar con sinceridad lo que deseamos revela mucho sobre dónde tenemos puesto el corazón.
La experiencia del hombre que lo tuvo todo
Uno de los grandes propósitos del libro de Eclesiastés es ayudarnos a entender una verdad incómoda: nadie se sintió jamás plenamente realizado solo por conseguir todo lo que anhelaba. El rey Salomón es el caso más claro y rotundo de la historia.
Él no se privó de nada. Se encargó de complacer cada uno de sus caprichos con recursos que hoy nos parecerían astronómicos:
- Caballos y carruajes selectos para cada ocasión.
- Banquetes diarios preparados por los chefs más destacados del mundo conocido.
- Obras arquitectónicas monumentales y de vanguardia.
Llegó a acumular tanto oro que el metal precioso perdió su valor extraordinario. No obstante, al mirar de frente todo lo conseguido, su balance fue tajante y desolador:
«Todo es vanidad.»
Un giro completo hacia el punto de partida
Si las posesiones, los proyectos y los placeres no llenan el vacío, ¿dónde radica entonces el secreto? La respuesta nos la deja el propio Salomón en el desenlace de su obra:
«El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.» (Eclesiastés 12:13)
A primera vista, la conclusión puede sonar desconcertante. ¿No era esto lo primero y más elemental? Al fin y al cabo, él mismo abrió el libro de Proverbios afirmando que «el principio de la sabiduría es el temor de Jehová».
La paradoja es evidente: después de recorrer todos los caminos posibles del éxito terrenal, Salomón dio un giro de 360 grados para regresar exactamente al punto de inicio. No había atajos ni fórmulas secretas escondidas en la cima del poder. Punto final: se acabó el discurso y no queda nada más por agregar.
Comprender el sentido del temor reverente
En el texto original, el término hebreo utilizado para «temer» es yaré. Lejos de referirse a un pavor paralizante, su significado apunta a reverenciar, maravillarse, asombrarse y reconocer una grandeza imponente.
Temer al Creador implica una postura del alma:
- Rendirnos voluntariamente ante Él.
- Reconocerlo como Señor, guía y dueño de nuestra vida.
A esta actitud se suma el llamado directo a guardar sus mandamientos. Vivir en sintonía con su voluntad no debería verse como una carga pesada, sino como la fuente más genuina de deleite y dirección cotidiana.
La perspectiva del juicio y el balance final
Salomón añade una advertencia que despierta nuestra conciencia: la vida presente no queda en el olvido, sino que habrá una rendición de cuentas ante Dios.
«Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.» (Eclesiastés 12:14)
Este recordatorio invita a una reflexión profunda. La trayectoria de Salomón tuvo capítulos sombríos: descuidó su devoción, cedió a la influencia de los ídolos de sus mujeres y malgastó años valiosos lejos de la comunión con el Señor.
Con todo, estas palabras finales de Eclesiastés parecen dar cuenta de un hombre que, al cierre de sus días, reconoció la insensatez de su extravío y regresó a lo único sustancial.
Una nueva manera de mirar lo que tenemos
El camino más sabio consiste en transformar nuestro enfoque. En lugar de vivir atrapados en el desgaste del «si yo tuviera», la fe nos invita a declarar con gratitud: «Yo ya tengo al Dios más maravilloso que pudiera haber encontrado».
De su mano procede todo lo necesario para transitar esta vida terrenal y asegurar la eternidad. Quien descansa en esa providencia puede afirmar con certeza que lo tiene todo y que es verdaderamente bienaventurado.