El banco ausente y la orilla prestada
Por Raimundo Baravaglio • Lectura recomendada
Acostumbrado a los recodos interminables de las sierras de Córdoba, donde cada sendero guardaba una revelación, creyó que el mar de Villa Gesell se entregaba de un solo vistazo. No imaginaba que aquella vasta superficie engañosa guardaba una trampa de corrientes, una súplica desesperada y un salto cuántico cuya certeza lo perseguiría hasta las esquinas concéntricas de Buenos Aires.
El laberinto de los veinte años
Hacía calor sobre el empedrado de Ávalos cuando la memoria me trajo de vuelta aquel verano. Yo caminaba buscando la salida hacia La Pampa, pero el trazado circular de Parque Chas tiene la costumbre de devolverlo a uno al mismo sitio, como si el espacio se doblara sobre sí mismo. Fue justo al esquivar una sombra entre las casas bajas que sentí el olor a salitre y a pintura sintética seca. Tenía veinte años la primera vez que vi el mar.
Hasta entonces, mi mundo de verano eran las sierras cordobesas. Mis viejos me habían llevado siempre a trepar arroyos de piedra, donde tras cada quebrada asomaba un monte nuevo, un algarrobo distinto, un misterio que se renovaba a cada paso. Por eso, cuando pisé la terminal de Villa Gesell con mi amigo y vi el Atlántico, sentí una extraña decepción. Me paré en la arena y me pregunté, casi con soberbia: «¿Y qué más hay para ver?». De una sola mirada creí haber agotado el horizonte.
Llegamos sin un peso, con la convicción ilusa de pagar los días con el esfuerzo de los brazos. Pasamos hambre, durmiendo donde cuadrara y viviendo de la generosidad de los panaderos que nos regalaban las flautas del día anterior. Con el correr de los días logramos un conchabo de medio turno en un balneario: lijar y dar esmalte a los tirantes de las carpas, enderezar reposeras de madera maciza y restaurar sillas de mimbre castigadas por el viento sur. Las tardes quedaban libres. El mar nos pertenecía.
La ilusión de los médanos sumergidos
Fue en esos chapuzones diarios donde creí descifrar la arquitectura del agua. A pocos metros de la rompiente, tras una hondonada profunda, el fondo volvía a elevarse en un banco alargado. Era un lomo de arena firme donde el agua apenas daba a las rodillas. Para mi mente inexperta, aquello no era un capricho del oleaje sino una verdad inmutable: si el banco estuvo allí ayer y antes de ayer, debía permanecer para siempre.
La semana siguiente cayó otro grupo de amigos desde el barrio. Hinche el pecho con la arrogancia del anfitrión que enseña un secreto de la naturaleza y los guié hacia el agua. Nadamos mar adentro con el sol dándonos de lleno en la espalda. Cruzamos la primera fosa, pero el fondo no apareció. «¡Tiene que estar acá!», les gritaba mientras seguía avanzando. Para mí, el escalón era una certeza matemática. Sin embargo, el suelo se negaba a recibir mis plantas.
Ellos, más prudentes o advertidos por el cansancio de las piernas, dieron la vuelta a tiempo. Yo seguí. Era buen nadador de río y pileta, pero jamás había lidiado con el Atlántico. Cuando me detuve y giré la cabeza para llamarlos, la costa ya era una línea delgada y las carpas parecían manchas desteñidas a más de cien metros. Intenté volver, pero el mar tiraba con una fuerza sorda hacia la nada.
La súplica en la corriente
Cada brazada era un esfuerzo estéril. El cuerpo empezó a pesar como plomo, las piernas ardían y cada intento por recuperar aire terminaba en una bocanada de espuma salobre que me cerraba la garganta en accesos de tos. Nadie en la orilla podía verme: mi cabeza era un punto insignificante entre las crestas grises. Los guardavidas no existían en esa distancia.
«Si existís, es ahora. Mostrámelo ahora.»
No fue un rezo formulado con devoción piadosa; fue un aullido mudo, visceral, arrancado por el terror más absoluto a dejar los veinte años sepultados bajo toneladas de agua salada. Perdido por perdido, sin aire y con los músculos acalambrados, di una última brazada a ciegas, convencido de que mis ojos no volverían a abrirse. «¿Así se termina todo?», pensé.
Entonces, la punta de mis dedos rozó arena.
El milagro inadvertido
El impacto me confundió. ¿Había encontrado al fin el médano submarino? Intenté apoyar las rodillas para enderezarme y tomar aire, esperando quedar sumergido hasta el pecho. Mis rodillas tocaron fondo firme de inmediato. El agua no me tapaba: apenas lamía la arena mojada. Estaba en la orilla. A centímetros del seco.
A dos pasos de mí, un nene clavaba una palita de plástico en un castillo desmoronado; más allá, una pareja tomaba mate bajo una sombrilla a rayas. La distancia que hace un segundo requería una eternidad imposible se había esfumado en un parpadeo. Nadie corría, nadie se había percatado de mi agonía ni de mi rescate. En ese instante exacto comprendí dos cosas: que en este mundo cada quien carga únicamente con el peso de su propio pellejo, y que una fuerza que escapaba a cualquier física me había arrancado del abismo para depositarme en la tierra de un solo golpe.
La esquina circular
El recuerdo me sacudió con tanta nitidez que casi sentí la sal secándose sobre mi piel. Estaba parado en la intersección de Ginebra y Bauness. Al levantar la vista, noté que el cielo de la tarde se había cerrado de golpe, denso y cobrizo, como el preludio de una sudestada feroz. Sentí una vibración urgente en el bolsillo, un sonido cortante de notificación que no reconocí y el chirrido inminente del colectivo 111 que frenaba dos cuadras más allá, a punto de cerrar sus puertas. Apreté el paso con un apuro ciego, incapaz de quedarme a desentrañar por qué las baldosas de Parque Chas olían, con tanta exactitud, a espuma de mar recién evaporada.