La zanahoria con lentes y la banana con calambres
Por Raimundo Baravaglio • Lectura recomendada
Nadie espera encontrar una sala de urgencias sobre la formica blanca de una cocina, pero cuando una banana cae víctima de un calambre inexplicable y su único socorro es una zanahoria miope armada con un botiquín, lo cotidiano se quiebra para dar paso a una disparatada seguidilla de misterios.
La mesada de formica blanca de la cocina se había convertido en un improvisado hospital de campaña. Bajo la intensa luz del mediodía, Bartolo, una zanahoria de piel naranja rugosa y lentes de marco negro redondo, ajustaba sus cristales mientras observaba el panorama con seria preocupación clínica. A pocos centímetros, sobre una servilleta azul doblada, yacía Pancho, una banana ligeramente madura que se retorcía con ademanes teatrales, sujetándose la mitad inferior con sus delgados brazos amarillos.
Bartolo abrió su diminuto maletín de primeros auxilios y buscó con insistencia entre los frascos algún ungüento milagroso.
Pancho soltó un quejido agudo mientras estiraba la punta curvada de su cuerpo, intentando frenar la intensa molestia muscular.
—¡No puedo enderezarme, Bartolo! Siento que mi cáscara va a rajarse si intento dar otro paso.
—Quédate quieto, Pancho. Es una contractura severa, y resulta completamente absurdo que una banana sufra falta de potasio.
—¡La ironía no alivia el dolor! Trae algo frío o tendré que pedir que me licúen de una vez.
—Primero bebe este sorbo de agua fresca y déjame revisar el manual antes de que cometas una locura.
El vegetal anaranjado sostuvo el vaso transparente con firmeza mientras su compañero suspiraba aliviado por la sombra.
La tensión en la cocina comenzó a ceder poco a poco mientras ambos ideaban el siguiente movimiento.
Un murmullo quebrado interrumpió la precaria calma del mesón, anunciando la llegada tambaleante de Ramona, la cebolla de verdeo.
Su túnica traslúcida goteaba lágrimas ácidas que amenazaban con derretir las servilletas de papel recién acomodadas junto al botiquín.
Bartolo se quitó los lentes empañados para limpiarlos rápidamente con el borde de su tallo verde.
—¡Qué tragedia tan inmensa presencian mis ojos! —gimió Ramona, desparramando lágrimas brillantes sobre la formica.
—¡Ramona, cuidado! —gritó Pancho apretando los párpados—. Si ese jugo me toca la pulpa expuesta, el ardor será insoportable.
—Tranquilízate, cebolla sensible —intervino Bartolo colocándose de nuevo los anteojos—. Guarda ese lamento fúnebre para la ensalada de mañana.
—No puedo contener este torrente amargo cuando veo a un colega frutal doblegado por el infortunio.
Pancho rodó ligeramente de costado buscando protegerse del inesperado diluvio lacrimógeno que comenzaba a inundar toda la superficie.
Una extraña luminiscencia azulada brotó de repente desde el fondo del desagüe, congelando el aire tibio de la cocina.
Aquel fuego helado reptó sobre la mesada sin consumir nada, dejando una fina escarcha plateada sobre el botiquín.
Bartolo sintió cómo sus lentes se escarchaban al instante ante el avance silencioso de aquellas llamas gélidas.
—¡El frío me está engarrotando todavía más la cáscara! —bramó Pancho, tiritando de punta a punta.
—¡Es una maldición polar! —sollozó Ramona, viendo cómo sus lágrimas caían como pequeños perdigones de granizo.
—No retrocedan ni hagan movimientos bruscos —ordenó Bartolo frotando sus ramas verdes—. Esta combustión fría desafía toda la física vegetal.
—¡Menos discursos y sácame de aquí antes de que termine convertido en un helado de banana!
El resplandor azul envolvió las patas del frutero cercano, sellando cualquier vía rápida de escape hacia la despensa.
Un estruendo pesado sacudió la mesada cuando Doña Carmela, la enorme sandía rayada, irrumpió girando a toda velocidad.
De su corteza brotaba un vaho tibio y reconfortante mientras disparaba semillas oscuras como proyectiles contra las llamas azules.
El fuego gélido retrocedió siseando con rabia ante el calor estival que desprendía la imponente recién llegada.
—¡Abran paso, blandengues, que aquí llegó el verdadero peso pesado del verano! —rugió la sandía deteniéndose en seco.
—¡Cuidado con la puntería! —chilló Pancho, esquivando una semilla que picó a milímetros de su cáscara.
—¡Alabado sea el sol! —exclamó Ramona, secándose el rostro mientras el granizo a su alrededor volvía a ser agua tibia.
—Increíble balística térmica —murmuró Bartolo reacomodándose los anteojos—. Esas semillas están neutralizando la escarcha por completo.
—Menos cháchara científica, zanahoria, y ayúdenme a arrinconar este soplido congelado antes de que vuelva a ganar fuerza.
El aire de la cocina vibró caliente y denso mientras las últimas chispas heladas se evaporaban en una nube blanca.
El marco de la ventana crujió cuando un enorme hocico castaño apartó la cortina con total parsimonia.
Filemón, el caballo de tiro del patio, parpadeó desconcertado al contemplar el caótico espectáculo montado sobre la mesada.
Un relincho grave y vaporoso sacudió los trapos de cocina, levantando una nube de polvo azucarado.
—¿Se puede saber por qué hay tanto alboroto un sábado a la tarde? —bufó Filemón masticando aire.
—¡Cierra esa ventana, imprudente, que la corriente disipará el calor protector! —bramó Doña Carmela acomodando sus semillas.
—¡Es un gigante herbívoro! —chilló Ramona, volviendo a derramar lágrimas ácidas sobre el suelo.
—Por favor, noble equino —suplicó Pancho sujetándose el lomo—, dile a esta sandía que deje de ametrallarnos con sus proyectiles.
—Tranquilidad todos —intervino Bartolo alzando sus ramas—. Con un testigo de semejante porte, nadie creerá esta versión de los hechos.
El equino ladeó la cabeza intrigado, clavando su mirada fija en el pequeño botiquín desparramado.
Entre las crines castañas de Filemón asomó un simio diminuto y eléctrico, saltando sobre dos patas con descontrolada energía.
El recién llegado agitaba los brazos en el aire mientras soltaba chillidos estridentes que hicieron retumbar los frascos de vidrio.
Bartolo dio dos pasos hacia atrás en la mesada, palpando el borde de su montura de carey con cautela.
—¡Miren qué festín de colores hay sobre esa tabla! —chilló el mono colgándose de una oreja del caballo.
—¡Ay, no, un primate voraz! —aulló Pancho, rodando desesperado hacia la sombra de la tostadora—. ¡Viene por mi dulce pulpa!
—¡Atrás, bicho pulgoso! —rugió Doña Carmela, amartillando una tanda de semillas negras bajo su cáscara verde.
—¡Qué destino tan despiadado nos aguarda en esta cocina! —gimió Ramona, desbordando una nueva catarata de lágrimas amargas.
—Un segundo, tranquilícense todos —sentenció Bartolo mirando hacia arriba—. Este pequeño intruso parece más curioso que hambriento.
El mono se rascó el pecho con frenesí mientras sus ojos pardos medían la distancia exacta hasta la mesada.
El mono, el caballo y los vapores de la sandía comenzaron a disolverse como humo entre los rayos del sol matinal.
A pocos metros, acurrucado bajo una hoja de helecho seco en el alféizar, Titán, el viejo duende jardinero, abrió lentamente los ojos.
Un bostezo diminuto y ronco escapó de su barba de musgo mientras se desperezaba, frotándose las orejas puntiagudas aún adormiladas.
—Qué ensalada de disparate acabo de presenciar —murmuró Titán, sacudiéndose unas ramitas secas de los pantalones.
—¡Ay de mí! —exclamó Bartolo en voz baja, comprobando que seguía firme en el cajón de las verduras—. Mis lentes intactos.
—Menos mal que todo fue un delirio —suspiró Pancho enderezándose sin sentir ya ni la sombra de un solo tirón—. Mi cáscara está perfecta.
—Yo seguiré llorando un poco más —sollozó Ramona desde su rincón—, pero ahora de puro alivio existencial.
El duende sonrió con picardía mientras encendía su pequeña pipa de corteza, dejando que la mañana devolviera el orden a la huerta.
La humareda de la pipa, la huerta soleada y la silueta barbuda de Titán se desvanecieron bruscamente en el aire, quebradas por un grito destemplado.
Mateo, un niño de siete años con el ceño fruncido, apartó las sábanas de un manotazo y pateó el borde de la cama con fastidio.
El reloj despertador marcaba las ocho de la mañana de un lunes nublado, devolviendo al cuarto un silencio pesado y cotidiano.
—¡Odio los lunes y detesto levantarme temprano! —bramó Mateo arrojando su almohada contra la puerta entornada.
—Hijo, ya está listo el desayuno en la cocina —se oyó desde el pasillo la voz paciente de su madre—. Hay fruta fresca y leche tibia.
—¡No quiero nada que venga de una planta ni de una vaca! —protestó el niño cruzándose de brazos con furia—. ¡Todo en este mundo me parece insoportable!
—Pues tendrás que bajar de inmediato, que el autobús escolar no espera berrinches ni malos humores.
Mateo resopló con desgano mientras metía los pies en sus pantuflas, decidido a convertir el resto de la jornada en una interminable queja.
Al llegar a la esquina, Mateo se detuvo en seco y abrió los ojos con asombro frente a la calzada.
El transporte no tocaba el asfalto, sino que levitaba a medio metro sobre el suelo, emitiendo un zumbido magnético suave y constante.
Turbinas de aire comprimido mantenían estable la reluciente carrocería amarilla, disipando cualquier rastro del malhumor matutino del niño.
—¡Suban rápido, que el campo antigravedad consume demasiada batería en ralentí! —anunció el chofer con un casco cibernético reluciente.
—¡Esto no es un autobús normal! —exclamó Mateo subiendo los escalones neumáticos con una sonrisa perpleja.
—Es el prototipo Nimbus Escolar —respondió el conductor ajustando los mandos táctiles—. Sin baches, sin ruedas y con velocidad de crucero hacia la escuela.
—Al menos este lunes promete algo emocionante —admitió el niño sentándose junto a la ventanilla panorámica.
El vehículo flotante se inclinó suavemente hacia adelante antes de deslizarse veloz por la avenida, sin rozar siquiera una sola baldosa.
El transporte flotante redujo la velocidad justo frente al toldo verde de "La Huerta Feliz", haciendo que Mateo pegara la nariz contra el vidrio panorámico.
En los cajones inclinados de la vereda descansaban racimos de bananas alargadas, atados de verdeo frescos y una montaña de sandías rayadas de corte estival.
Para colmo de males, un canasto repleto de zanahorias terrosas parecía devolverle una mirada burlona bajo el brillo matutino del escaparate.
—¡Es el colmo, hasta el colectivo se burla de mi pesadilla! —gritó Mateo pateando el respaldo del asiento delantero con renovada indignación.
—¿Qué mosca te pica ahora, pibe? —preguntó el chofer mirando por el retrovisor holográfico—. Solo esquivé el camión de reparto.
—¡No soporto ver vegetales ni en pintura, y mucho menos después de la noche absurda que tuve!
—Relaja los nervios, muchacho, que si seguimos frenando nos va a tragar el semáforo inteligente de la avenida.
Mateo se cruzó de brazos y hundió la cabeza en su buzo con capucha, jurando no volver a comer ensalada por el resto de su vida.
Un rugido profundo y sonoro brotó de las entrañas de Mateo, quebrando la falsa coraza de orgullo que intentaba sostener en su asiento.
Haber rechazado el desayuno por mero capricho empezaba a cobrarle factura, dejándole una sensación de vacío insoportable en el estómago.
El recuerdo del plato matutino sobre la mesa familiar cobró de pronto un atractivo que antes se negaba tozudamente a admitir.
—¿Tienes hambre, nene? —preguntó Sofía, una compañera de curso sentada en la fila vecina, abriendo su pequeña lonchera térmica.
—¡No, para nada! —mintió Mateo con la voz entrecortada, tragando saliva con evidente desesperación.
—Pues mi mamá me empacó dos manzanas crocantes y unas bananas dulces exquisitas; no me vendría mal convidar una parte.
—Bueno... quizás acepte una sola fruta, únicamente para evitar que se eche a perder durante el viaje escolar.
La niña le extendió la merienda sonriendo, mientras Mateo olvidaba sus antiguos juramentos y mordía la fruta con voracidad redentora.
El crujido de la fruta y el zumbido de las turbinas flotantes se desvanecieron de pronto en un chasquido sordo.
Artemio parpadeó pesadamente, sintiendo la textura áspera del teclado marcada en su mejilla derecha sobre el escritorio de madera.
La pantalla del monitor parpadeaba en el cuarto en penumbras, mostrando un documento de texto repleto de letras amontonadas y sin sentido.
—Vaya delirio encadenado me acabo de inventar en media hora de cabezada —masculló Artemio frotándose los ojos cansados.
—¿Sigues despierto, querido? —preguntó su esposa asomándose desde el pasillo—. Te quedaste dormido sobre el manuscrito otra vez.
—Tenía la cabeza tomada por verduras parlantes, duendes insomnes y transportes futuristas conducidos por chicos enojados.
—Será mejor que apagues esa computadora y vengas a cenar, antes de que tu propia historia te devore la cordura.
El escritor sonrió de costado, guardó el archivo con el cursor titilante y se levantó de la silla estirando la espalda crujiente.
Artemio apagó la lámpara de escritorio, dejando que la penumbra envolviera la vieja máquina y los papeles desordenados. Todos los personajes, desde la zanahoria con lentes hasta el niño del transporte flotante, quedaron finalmente en silencio entre las líneas del texto guardado.