El gallo corsario y el petróleo: fábula del absurdo total
Por Raimundo Baravaglio • Lectura recomendada
Cuando el celo por la posesión traspasa las fronteras de la racionalidad, las estrategias de preservación terminan anulando la propia existencia del objeto custodiado. La crónica de un gallo pirata empeñado en blindar su linaje con hidrocarburo sintetiza con crudeza el dilema existencial del control obsesivo, culminando en una certeza ineludible: el absurdo gobierna la mayoría de nuestros afanes cotidianos.
El origen del conflicto: soberanía aviar y paranoia en el gallinero
En los dominios de cualquier corral tradicional, el orden biológico responde a ciclos predecibles de producción, cuidado y consumo. Sin embargo, la irrupción de un gallo con vocación pirata subvierte toda lógica gregaria. Moldeado por una psicología de abordaje, botín y desconfianza sistemática, este ejemplar asume que la descendencia no constituye un ciclo vital, sino un tesoro codiciado bajo amenaza permanente.
La doble amenaza que percibe el corsario plumífero abarca dos frentes irreconciliables: por un lado, la intromisión humana orientada a la recolección utilitaria; por el otro, el instinto maternal de las propias gallinas, cuyo calor busca consolidar la eclosión natural. Para el capitán del nido, ambos destinos representan una pérdida intolerable de soberanía sobre el patrimonio colectivo.
La estrategia del crudo: aislamiento tóxico como barrera defensiva
Para neutralizar ambos riesgos con un único movimiento táctico, el gallo recurre al petróleo pesado. Este recurso, denso, impermeable y viscoso, se convierte en la coraza definitiva para envolver cada postura. La formulación mecánica del plan responde a un cálculo milimétrico de disuasión química y física:
- Incompatibilidad térmica con la cloquez: La capa de alquitrán bloquea la porosidad del cascarón e impide el intercambio gaseoso, volviendo inútil cualquier intento de incubación por parte de las gallinas.
- Aversión olfativa y táctil para los humanos: El olor penetrante a hidrocarburo y la consistencia pegajosa desincentivan la manipulación manual y anulan el valor culinario del producto.
- Inviolabilidad visual del botín: Los huevos pierden su blancura o tono calcáreo original, transformándose en esferas negras, inertes y homogéneas.
El blindaje absoluto de un bien suele requerir su inutilización deliberada: para que nadie lo aproveche, primero debe volverse inservible para todos.
Autosabotaje sistemático: anatomía de un objetivo contradictorio
La implementación de esta política de contención revela una falla estructural típica de los sistemas hipervigilantes. Al sellar herméticamente el embrión, la sustancia fósil no actúa como conservante, sino como agente asfixiante. El gallo pirata elimina la vulnerabilidad destruyendo la viabilidad misma de la vida que pretendía resguardar.
La reacción de las aves ante el nido petrificado
Las gallinas, privadas de estímulos térmicos adecuados y repelidas por la toxicidad volátil del entorno, abandonan el ciclo reproductivo. El nido deja de operar como espacio de crianza y muta en una suerte de depósito industrial clandestino. La hostilidad química erradica la cooperación dentro de la comunidad, dejando al custodio en aislamiento total sobre un lecho de piedras negras.
El desinterés del recolector humano
Frente al costo energético y sanitario que implicaría desengrasar un cascarón herméticamente dañado, el factor humano simplemente desvía su atención hacia otros corrales. La victoria militar del gallo es incontestable: nadie roba los huevos. No obstante, el triunfo se concreta únicamente porque el objeto retenido ha quedado despojado de cualquier utilidad práctica o biológica.
La moraleja ineludible: cuando nada tiene sentido
La literatura clásica exige que las fábulas culminen en una lección moralizante orientada a la virtud, la prudencia o el castigo ejemplar. La epopeya del gallo petrolero, en cambio, dinamita toda pretensión didáctica. El desenlace no castiga la soberbia ni premia la astucia; simplemente constata la inutilidad del esfuerzo organizado frente al absurdo intrínseco de las metas planteadas.
El esfuerzo titánico por untar brea pluma por pluma, la planificación paranoica contra granjeros e instintos, y la severidad del patrullaje diario solo conducen a una montaña de cáscara estéril rodeada de vapores químicos. La realidad no premia la protección ciega ni castiga la ingenuidad: simplemente opera en un vacío semántico donde la causa y el efecto se desacoplan de la razón.
La verdadera esencia del absurdo radica en llevar una lógica impecable hasta consecuencias enteramente desprovistas de significado.
Aceptar que nada tiene sentido no supone una capitulación ante el caos, sino la constatación lúcida de que muchas de las trincheras que cavamos a diario están construidas para proteger tesoros que nosotros mismos hemos extinguido en el proceso.