El general de Damasco y las aguas del Jordán
Por Raimundo Baravaglio • Lectura recomendada
Bajo la coraza de bronce labrado que despertaba admiración en las calles de Damasco, el hombre más poderoso del ejército sirio cargaba una condena silenciosa. Naamán había conquistado reinos para su señor, pero no podía frenar la mancha pálida e insensible que avanzaba despacio sobre su piel, amenazando con desmoronar su prestigio y su vida.
El peso del bronce sobre la piel oculta
El sol de la media tarde caía sobre los techos planos de Damasco, encendiendo el verdor regado por los canales del río Abana. En el patio interior de la residencia militar, el tintineo de las escamas de bronce anunciaba el regreso del comandante. Los guardias cuadraban la postura y los servidores bajaban la vista con respeto reverente. Para todo el reino de Aram, aquel hombre alto de hombros firmes y barba cuidada era el escudo de la corona, el estratega a quien el dios Rimón parecía sonreír en cada campaña.
Sin embargo, al cruzar el umbral de sus aposentos privados, la compostura marcial se desmoronaba. Naamán desabrochó con dedos rígidos las correas de cuero curtido de su coraza. El metal cayó sobre una mesa de cedro con un golpe seco. Al apartar la túnica de lino fino teñida de púrpura, apareció la verdad que ninguna victoria militar podía disimular: sobre el costado izquierdo del torso, extendiéndose hacia el omóplato, la piel lucía blanquecina, escamosa y privada de sensibilidad. No era todavía la lepra abierta que carcomía las extremidades, pero sí el inicio certero de esa plaga silenciosa que, aun en Siria -donde los enfermos no sufrían la expulsión tajante del campamento como en Israel-, terminaría por apartarlo del carro de guerra y del favor del monarca.
Su esposa entró sin hacer ruido. Llevaba en las manos un cuenco de cerámica con ungüento de mirra y resina aromática. Se miraron en silencio. Entre ellos ya no hacían falta lamentos: los médicos de la corte habían ensayado cataplasmas egipcias, polvos babilónicos y conjuros nocturnos, todos con idéntico fracaso.
Tiene que descansar, señor -murmuró ella mientras humedecía un lienzo limpio-. El viaje a la frontera le dejó exhausto.
No es el camino lo que me cansa, mujer -respondió él en un susurro áspero, cerrando los ojos al sentir el paño húmedo-. Es la mirada del rey cuando se acerca demasiado. Teme que la peste roce su manto. Si pierdo la fuerza en las manos, el mando del ejército pasará a otro antes de la próxima primavera.
En ese instante, una figura menuda cruzó el arco del jardín trayendo una jarra de agua fresca. Era la muchacha hebrea, capturada en una de las tantas incursiones que las tropas arameas habían hecho meses atrás en las aldeas fronterizas de Samaria. Servía a la señora con una diligencia callada, sin el rencor habitual de los cautivos. Se detuvo a unos pasos, aguardando la orden para servir.
Al notar la pesadumbre del guerrero y el suspiro contenido de su ama, la muchacha titubeó, pero la compasión pudo más que el protocolo palaciego. Con voz suave y acento extranjero, se dirigió a su señora:
Si mi señor fuera al profeta que vive en Samaria, él lo sanaría de su lepra.
Naamán alzó la vista, sorprendido por el atrevimiento. En Damasco ningún siervo hablaba sin ser consultado. Su primera reacción fue de desdén: ¿qué podía saber una prisionera campesina que ignoraban los sacerdotes de la corte real? Pero en los ojos de la niña no había burla ni engaño, sino una convicción serena, casi asombrosa para quien había perdido su tierra y su libertad.
El séquito de Damasco y la carta sellada
La noticia subió de prisa hasta el palacio imperial. Ben-hadad, rey de Aram, estimaba a su general más que a cualquier otro funcionario; su brazo le aseguraba la frontera frente a las ambiciones asirias. Al oír la sugerencia, el monarca no dudó en actuar con la lógica prepotente de los imperios.
Vé -ordenó el soberano-. Yo mismo voy a redactar una carta sellada para el rey de Israel. No te presentarás como un mendigo, sino como el emisario supremo de Aram.
La expedición se organizó con el despliegue fastuoso que correspondía al rango de Naamán. Diez talentos de plata maciza colocados en cofres de madera reforzada, seis mil piezas de oro guardadas en bolsas selladas y diez mudas completas de vestidos finos de lino bordado formaron el tributo. Si la curación tenía precio, Siria pagaría lo necesario para comprar el favor del dios de las colinas.
El viaje hacia el sur tomó varios días. Las ruedas de los carros levantaban nubes de polvo calcáreo mientras descendían por las estribaciones orientales hacia el valle del Jordán y subían después hacia las colinas de Samaria. Naamán viajaba de pie en su carro principal, con la espada al cinto y la insignia real visible. A su lado marchaban jinetes veteranos y criados de confianza que habían cuidado sus caballos en cien batallas.
La llegada a Samaria sembró el pánico. Cuando el rey Joram recibió el pliego diplomático y leyó la demanda tajante: «Cuando te llegue esta carta, sabrás que te he enviado a mi siervo Naamán para que lo sanes de su lepra», rasgó sus vestiduras aterrorizado. Para la corte israelita, aquello parecía una excusa para declarar la guerra; ningún monarca humano tenía el poder de devolver la vida a la carne muerta.
El mensaje que destrabó la crisis no provino de la guardia real, sino de un emisario llegado desde una casa modesta de las afueras. Eliseo, el discípulo de Elías, había tenido noticia del espanto real y envió a decir al rey que dejara venir al extranjero, para que supiera de una vez que todavía había profeta en Israel.
La puerta cerrada de Eliseo
El convoy de carros sirios desfiló por las callejuelas pedregosas de la aldea donde residía el profeta. El brillo de los escudos y el resoplido de los corceles de raza árabe contrastaban de modo estridente con las paredes de adobe y paja. Naamán esperaba una recepción solemne: imaginaba que el vidente saldría con vestiduras sagradas, quemaría incienso, pronunciaría encantamientos sobre su piel y llamaría a su Dios mientras colocaba sus palmas sobre las llagas.
El carruaje se detuvo frente a la puerta de entrada. Nadie salió a abrir de inmediato. Pasaron los minutos bajo un calor espeso. Finalmente, la puerta chirrió sobre sus goznes y apareció un hombre joven, Giezi, el criado del profeta. Miró al general, a su escolta armada y a los caballos cargados de riquezas sin pestañear. Con una sequedad desprovista de reverencia, transmitió la orden:
«Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio».
- 2 Reyes 5:10
Giezi dio media vuelta y cerró la puerta de madera. No hubo ceremonia, ni toque de manos, ni plegarias visibles. La humillación cayó sobre Naamán como un mazazo. El comandante de Siria, recibido con temblor por reyes enteros, era despachado a la distancia por un intermediario desconocido.
¡Esto es una burla intolerable! -estalló el general, tirando de las riendas con tanta fuerza que los caballos recularon-. «Esperaba que saliera a mi encuentro, que se parara aquí mismo a invocar el nombre de su Dios y que pasara la mano sobre la herida». ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, no son mejores que todas las aguas pantanosas de Israel? ¡Si se trataba de bañarse, me hubiera lavado allá y habría quedado limpio!
Frenético de ira, ordenó virar los caballos y emprender el regreso hacia el norte a galope tendido. La caravana entera temblaba ante la furia del jefe militar, cuyo rostro encendido por el despecho se mezclaba con la frustración amarga de ver su última esperanza reducida a un desprecio.
El ruego sensato de los siervos
El camino de vuelta hacia la frontera bordeaba las alturas que dominaban la depresión del Jordán. El polvo del mediodía secaba las gargantas y el trote de los caballos marcaba un ritmo tenso. Naamán cabalgaba al frente, mudo, masticando el agravio. A su lado, los siervos más antiguos intercambiaban miradas de preocupación. Conocían a su amo: sabían que detrás de su armadura de orgullo herido latía la desesperación de un hombre condenado.
Uno de ellos, que había compartido campamentos, sed y vigilias junto a él, adelantó su cabalgadura con cautela. Detuvo el paso del carruaje junto a un recodo del sendero donde unos olivos silvestres daban sombra rala.
Mi señor -dijo inclinando la cabeza con afecto filial-. Escúchenos un momento, se lo pedimos. Si el profeta le hubiera pedido una hazaña descomunal, trepar un monte escarpado, pagar un rescate de sangre o derrotar a un ejército entero, ¿acaso no lo habría hecho?
Naamán apretó los dientes, pero no lo interrumpió. El servidor continuó con tono mesurado y firme:
Mire la sencillez de lo que le mandó hacer. Le dijo apenas: «Lávese y quedará limpio». No le pide riquezas ni proezas de guerra. ¿Qué perdemos con probar? Si bajá al río, no le cuesta nada. No deje que un prejuicio le robe la salud.
Las palabras del criado calaron hondo en el silencio del camino. Había en aquel ruego una lealtad limpia, desprovista de adulación palaciega. Naamán miró a sus hombres: rostros curtidos por el sol, miradas expectantes que no buscaban gloria militar, sino la vida de su jefe. El general bajó los hombros. La soberbia militar, tan cultivada en los salones de Damasco, comenzaba a ceder frente a la verdad elemental de su fragilidad humana.
Den vuelta los carros -ordenó finalmente con voz baja-. Bajemos al río.
Las siete inmersiones en el torrente
El Jordán corría barriento y espeso entre cañaverales tupidos y sauces de ribera. No tenía la pureza cristalina de los torrentes que bajaban de las nieves del monte Hermón hacia su patria. Sus aguas eran lentas, cargadas de sedimentos pardos.
A la orilla del agua, Naamán desató el tahalí de su espada y lo entregó a su escudero. Se quitó la coraza, la túnica bordada y las sandalias de cuero militar. Quedó expuesto, a la vista de sus soldados y bajo el cielo abierto, despojado de insignias, títulos y honores. La piel pálida y lesionada de su flanco quedó al descubierto, mostrando la realidad desnuda del guerrero invencible.
Avanzó despacio entre los juncos. El barro del fondo se hundía bajo sus plantas desnudas. El agua tibia le subió por las piernas, luego por la cintura, hasta llegarle al pecho. Respiró hondo y se sumergió por primera vez.
Al emerger, sacudió la cabeza empapada. La mancha seguía allí, inalterada. Se sumergió una segunda vez, y una tercera. Cada descenso al fondo del río representaba una muerte paulatina a su autosuficiencia. En la cuarta y la quinta inmersión, el cansancio y la duda asaltaron su mente:
«¿Y si todo esto no es más que una farsa para que un general sirio se humille ante los ojos de Israel?».
Sin embargo, al mirar la orilla y ver a sus sirvientes de pie, aguardando con las manos juntas y la respiración contenida, Naamán prosiguió.
Cumplió la sexta inmersión. El agua escurría por su rostro con sabor a cieno. La lepra continuaba intacta sobre su costado.
Solo quedaba una. Naamán cerró los ojos, inclinó la cabeza y se hundió por completo bajo la superficie del Jordán, soltando el último vestigio de control.
Cuando salió a la superficie, la luz del atardecer doraba la corriente. Al pasar la mano por su torso para apartar el agua, la sensación fue distinta: sus dedos no tropezaron con costras secas ni con la anestesia rígida de la enfermedad, sino con la elasticidad suave de una piel viva. Miró hacia abajo. La mancha blanquecina había desaparecido por completo; la carne lucía fresca, tersa y rosada, semejante a la piel de un niño recién nacido.
En la ribera, los soldados se miraron entre sí, incapaces de hablar al principio, antes de romper en murmullos de asombro. Naamán salió del agua despacio, mirando sus manos, sus brazos y su pecho con el estupor de quien despierta de una pesadilla interminable. No había magia visible ni palabras huecas; solo la acción soberana de un Dios que demandaba obediencia antes que homenajes ostentosos.
Volvió a vestirse, pero ya no era el mismo hombre que había partido de Siria confiado en cartas reales y talentos de plata. El séquito regresó de inmediato a la casa de Eliseo. Esta vez el profeta salió a su encuentro. Naamán se paró frente a él, no con la altivez del comandante arameo, sino con la gratitud conmovida del redimido:
«He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel».
- 2 Reyes 5:15
Eliseo rehusó recibir oro, vestidos o tributos. Naamán, comprendiendo que la gracia divina no se compra con botines de guerra, pidió únicamente una carga de tierra de aquel suelo para llevar sobre dos mulas a Damasco. En medio del paganismo de su corte natal y bajo el templo de Rimón, el general sabría arrodillarse con el corazón limpio, recordando siempre el barro del Jordán que devolvió la vida a su piel.