El aliento contra la piedra
Por Raimundo Baravaglio • Lectura recomendada
Entre el polvo ardiente de la llanura de Jericó, un sacerdote sin destreza para la espada custodia un shofar tosco de carnero. Frente a murallas que desafían al cielo, comprenderá que el mandato divino no pide proezas marciales, sino una obediencia obstinada sostenida únicamente por el aliento de la fe.
El polvo del mediodía y el cuerno curvado
La arenisca del valle se le metía en las sandalias y le raspaba los empeines con la constancia de una lima. Eliab acomodó la correa de cuero crudo sobre su hombro izquierdo, sintiendo el peso muerto del shofar contra las costillas. No era un cuerno fino, pulido al aceite como los que usaban los ancianos en los días de asamblea solemne; era la cornamenta retorcida de un carnero montaraz de Moab, áspera al tacto, con vetas oscuras que parecían grietas secas. A su lado, los guerreros de Gad marchaban en un mutismo espeso, apenas quebrado por el roce de las cotas y el crujido del calzado sobre el suelo cuarteado.
Frente a ellos se erguía la mole ocre de Jericó. Desde abajo, la muralla exterior parecía brotar de la misma roca, rematada por parapetos donde los centinelas cananeos observaban sin arrojar una sola piedra, paralizados por un terror silencioso que flotaba en el aire caliente. Seis días habían caminado alrededor de ese gigante de ladrillo y caliza. Seis jornadas enteras cumpliendo un circuito idéntico: salir del campamento en Gilgal al clarear el alba, rodear la fortaleza una sola vez en fila compacta, y regresar a los toldos sin pronunciar una palabra. La orden de Josué había sido inflexible y tajante.
—Apurate, Eliab, no te quedes atrás —le susurró su hermano menor, Mahli, acomodándose la túnica de lino blanco manchada por la tierra del desierto—. Si perdemos el paso, el cortejo del Arca se nos viene encima.
—No me quedo —respondió el levita en un susurro apenas audible, ahogado por la sequedad de la garganta—. Mirá las almenas. No tienen arqueros preparados. Están tan perplejos como nosotros.
Los hijos de Aarón que iban al frente llevaban las andas doradas sobre los hombros, con el velo de púrpura cubriendo la gloria del testimonio. Siete sacerdotes encabezaban la marcha, sosteniendo siete bocinas de cuerno de carnero frente al Arca del pacto. Eliab iba en la hilera de relevo, designado para mantener el tono sostenido en caso de desfallecimiento de los mayores. Sus manos no tenían callos de empuñar la lanza ni la piel curtida de los tiradores de honda; eran dedos acostumbrados a frotar pez sobre las boquillas y a tantear la vibración del aire en la médula vacía del asta. Para un soldado veterano, su presencia en la vanguardia rayaba en lo absurdo. Pero el mando no había sido impartido por estrategas militares.
La lógica del silencio
Al caer la tarde del sexto día, cuando las sombras alargadas de las palmeras cubrieron el campamento, Eliab se sentó junto al fuego de su tienda a limpiar la boquilla con un pedazo de lino humedecido. El agua escaseaba, racionada rigurosamente para el ganado y las familias, pero el instrumento requería humedad para que la membrana labial no sangrara al contacto con el hueso seco.
Josué, hijo de Nun, había transmitido con exactitud las directivas recibidas junto a las aguas del Jordán. No había rampas de asedio, no había arietes con cabezas de bronce, no había escalas preparadas para el asalto frontal. El plan de batalla desafiaba cualquier principio de cordura humana.
«Y siete sacerdotes llevarán siete bocinas de cuernos de carnero delante del arca; y al séptimo día daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las bocinas.» (Josué 6:4)
«¿Quién derriba una fortaleza de diez codos de espesor soplando a través del cráneo de un animal muerto?», pensó Eliab mientras frotaba la madera pulida del banquito. La duda no nacía de la incredulidad, sino del peso abrumador de la evidencia visible. Él había visto los muros; había medido con la mirada la pendiente escarpada y las vigas macizas de roble que trababan la puerta principal. Un hombre podía romperse los pulmones soplando durante un año entero y la piedra ni siquiera acumularía hollín. Sin embargo, en el fondo de su pecho palpitaba el recuerdo imborrable del lecho del río abierto en seco, con las piedras levantadas del fondo mientras los sacerdotes sostenían el pacto en medio del cauce.
—¿Estás listo para mañana? —preguntó Mahli, sentándose al otro lado de las brasas—. Dicen los jefes de millar que mañana no habrá regreso temprano. Que daremos siete vueltas seguidas antes de que el sol alcance el cenit.
—Siete veces —asintió Eliab, mirando la punta curvada del shofar—. El aire va a faltar en la tercera vuelta. Los labios se hinchan y el pecho arde como si tragaras ceniza. Tené a mano el odre pequeño, pero no tomes hasta que los ancianos den la señal.
—¿Y qué esperás que pase cuando griten? —insistió el joven, con los ojos brillantes reflejando las llamas—. La gente dice que la tierra se va a abrir, otros dicen que los ángeles bajarán con espadas encendidas.
—Yo espero lo que dijo el Señor, ni más ni menos —cortó Eliab con sequedad, aunque por dentro sus propios pensamientos bullían como agua en la olla—. Dios no necesita que entendamos cómo ceden las piedras. Lo que nos pidió es que caminemos y que soplemos cuando se nos ordene. Acostate de una vez. Mañana el alba nos tiene que encontrar despiertos antes del toque del lucero.
La fatiga de las vueltas
El séptimo día despuntó con una franja cárdena sobre las montañas de Moab. El campamento entero se puso en pie sin el bullicio habitual; no hubo llanto de niños ni pregones de pastores. Los escuadrones se formaron en un orden riguroso, rodeando el santuario portátil. Eliab ocupó su lugar detrás del venerable Jasiel, un sacerdote de la línea de Eleazar cuya barba canosa le caía partida sobre el pecho.
Iniciaron la primera vuelta. El sonido de los cuernos se elevaba con un clamor continuo, seco y penetrante, que rebotaba contra los sillares de Jericó y se perdía en la inmensidad del valle. No era una melodía de regocijo ni un canto de cosecha; era el bramido del juicio divino, un sonido áspero que parecía rasgar la calma densa de la mañana. Los centinelas en las torres de Jericó seguían inmóviles, aferrados a sus lanzas, con los rostros desencajados por la falta de sueño y la tensión de no comprender el asedio.
En la tercera vuelta, el sol castigaba sin piedad las nucas descubiertas. El polvo levantado por miles de pies formaba una nube amarillenta que se pegaba al sudor y cerraba las gargantas. A Eliab le ardía la tráquea con cada bocanada de aire caliente. El cuerno pesaba como plomo en sus manos. En la quinta vuelta, el anciano Jasiel tropezó con una piedra suelta del camino y estuvo a punto de soltar el instrumento. Eliab dio un paso al frente con reflejo rápido, sostuvo al anciano por el codo izquierdo y acomodó su propio shofar en los labios para cubrir el vacío sonoro.
—Sostené el aliento —le musitó el anciano con voz ronca y entrecortada mientras recuperaba el equilibrio—. No aflojes ahora, muchacho. Ya falta poco.
—Sigo firme, padre —respondió el levita, aunque sentía que el tórax se le comprimía como un fuelle roto—. Apoyate en mi hombro si lo necesitás.
La sexta vuelta fue una agonía de piernas pesadas y gargantas secas. El silencio del pueblo armado que marchaba a los costados era más imponente que el trueno. Miles de hombres con espadas enfundadas, escudos al brazo y flechas en el carcaj, marchando sin soltar una sola amenaza, sin proferir un insulto, masticando la tierra que levantaba el viento. «Este pueblo ha aprendido a callar», pensó Eliab con una mezcla de reverencia y asombro. En el desierto habían murmurado por carne, por agua, por ajos de Egipto; pero aquí, frente al mayor bastión de Canaán, la multitud guardaba un silencio sepulcral, sujeta a la palabra de su conductor.
El séptimo circuito y el clamor
Al iniciar la séptima vuelta, el sol caía a plomo vertical. Las sombras habían desaparecido bajo los pies. El muro parecía burlarse de la procesión, inmutable, sólido, construido para resistir los siglos y el embate de ejércitos enteros. Desde una ventana colgada sobre el muro exterior, un cordón de hilo de grana colgaba inmóvil, señal acordada entre los espías y la ramera que había temido al Dios de Israel. Eliab clavó los ojos en ese hilo rojo; era el único punto de color vivo en medio de la monotonía de barro y piedra cocida.
Completaron el círculo. Josué levantó su brazo derecho, empuñando la lanza corta hacia el cielo despejado. La fila de sacerdotes se detuvo de golpe. El ejército entero frenó el paso, levantando una última ráfaga de polvo que se asentó sobre las rodillas de los hombres. Hubo un instante de quietud absoluta, una pausa tan densa que el zumbido de los tábanos en los matorrales secos sonó ensordecedor.
«Y cuando los sacerdotes tocaron las bocinas la séptima vez, Josué dijo al pueblo: Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad.» (Josué 6:16)
Eliab llenó sus pulmones hasta que las costillas le dolieron contra la tela de la túnica. Apretó los labios contra la embocadura áspera del cuerno de carnero. No pensó en su fatiga, no pensó en las murallas que seguían en pie ni en la fragilidad de su propia carne. El shofar vibró en sus manos con una fuerza que parecía ajena a su cuerpo; el tono prolongado y agudo subió como una flecha hacia el cenit, fundiéndose con los otros seis instrumentos en una sola tromba de sonido resonante.
Entonces la multitud gritó.
No fue el alarido desordenado de una horda en fuga ni el grito festivo de los lagares; fue el clamor unánime de cientos de miles de gargantas proclamando el nombre del Dios viviente sobre la tierra pagana. El aire vibró con una violencia física que golpeó el pecho de Eliab como una masa de plomo. La tierra bajo sus sandalias comenzó a temblar con una oscilación leve primero, y luego con un estremecimiento profundo que subía desde las entrañas del valle.
La caída y la soberanía
La mole de piedra crujió. No cedió primero la madera de las puertas ni los remates de las almenas; la base misma sobre la que descansaba el muro exterior pareció licuarse en una fracción de segundo. Una grieta diagonal desgarró la torre vigía con el chasquido seco de un árbol centenario que se parte en dos. Luego, ante los ojos atónitos de los sacerdotes y del pueblo, la formidable muralla de Jericó colapsó sobre sí misma, cayendo hacia afuera y hacia abajo, rodando los enormes bloques de caliza por la pendiente para formar una rampa natural de escombros y polvo sofocante.
Una densa cortina de cal y tierra oscureció el sol de la tarde. Los gritos de espanto de los habitantes de la ciudad se perdieron bajo el estruendo de los sillares estrellándose contra el suelo rocoso. Solo la sección del muro donde colgaba el cordón de grana permaneció en pie, como una solitaria columna en medio de la desolación.
—¡Adelante! ¡Suban derecho! —bramaron los capitanes de Israel, desenvainando las espadas de bronce y trepando por encima de las ruinas humeantes.
Eliab bajó despacio el shofar de sus labios agrietados. Tenía un hilo fino de sangre seca en la comisura de la boca y las manos le temblaban por el esfuerzo y el temblor de la tierra. A su lado, el anciano Jasiel había caído de rodillas en el polvo, con los brazos extendidos y el rostro bañado en lágrimas de asombro reverente. Ni una sola flecha israelita había sido disparada; ni un ariete había golpeado la madera. El juicio se había consumado por la sola eficacia del mandato obedecido al pie de la letra.
El levita se secó la frente con la manga empapada de sudor y contempló la brecha abierta hacia el interior de la ciudadela. No había en él euforia militar ni jactancia; sentía únicamente el vacío dulce y sobrecogedor que deja la presencia de una fuerza infinitamente superior a cualquier cálculo del hombre. Guardó el shofar bajo el brazo izquierdo, asegurando la tosca correa de cuero que lo unía a su costado, y permaneció junto al Arca de la Alianza mientras los soldados cumplían la sentencia sobre los palacios de Canaán. Comprendió en ese instante, en medio del olor a cal viva y a tierra removida, que la fe no consistía en entender cómo caen los muros, sino en atreverse a soplar cuando Dios dice que la fortaleza ya ha sido entregada.