Parque Chas: la calle que no debería existir
Historias incomprensibles
Publicado el 20/10/2026

Parque Chas: la calle que no debería existir

Por Raimundo Baravaglio • Lectura recomendada

Hay barrios que parecen guardar secretos entre sus calles. En Parque Chas, una caminata en busca de inspiración puede convertirse en un viaje inesperado hacia el pasado, donde una experiencia desconcertante revela que algunos caminos conducen a lugares que no deberían existir.




Había decidido visitar Parque Chas para encontrar inspiración para una serie de cuentos fantásticos. No estaba demasiado convencido de que la salida fuera provechosa. Después de todo, uno puede caminar durante horas por un barrio buscando una idea y regresar a casa con algunas fotografías, los pies cansados y exactamente la misma falta de inspiración con la que salió.

Sin embargo, Parque Chas tenía algo que me atraía desde hacía mucho tiempo. Su trazado, con calles curvas, diagonales y recorridos poco convencionales, parecía especialmente apropiado para imaginar historias en las que la realidad no siempre obedeciera sus propias reglas.

Mi interés no se limitaba a la particular disposición de sus calles: Ávalos, Bauness, Gándara, Berlín y La Pampa componían un escenario donde la orientación podía convertirse en un desafío. Hay lugares que parecen guardar una historia invisible, una acumulación de acontecimientos que uno no consigue explicar, aunque tampoco pueda dejar de pensar en ellos.

Esa tarde caminé sin rumbo fijo, observando las fachadas y las esquinas. Mi intención era encontrar una imagen, una sensación o algún detalle que pudiera convertirse en el comienzo de un relato.

No imaginaba que terminaría viviendo una experiencia que comenzaría cuarenta años atrás.

La calle que no figuraba en el mapa

En algún momento doblé por una calle que no recordaba haber visto antes. Era angosta, estaba poco iluminada y sus casas parecían pertenecer a otra época.

No había nada particularmente extraordinario en ella. Sin embargo, a medida que avanzaba, tuve la impresión de que el ruido de la ciudad se alejaba demasiado rápido. Las fachadas fueron cambiando y las referencias que me permitían reconocer el barrio desaparecieron.

Seguí caminando.

No atravesé ninguna puerta ni vi una luz misteriosa. Tampoco sentí que estuviera soñando. Simplemente, el entorno cambió hasta que me encontré en un lugar completamente distinto.

Entonces escuché voces.

Había un grupo de personas reunidas en una campaña evangelística. Reconocí el ambiente de inmediato, aunque no comprendía cómo había llegado hasta allí. Los hombres y las mujeres vestían de una manera que me resultaba familiar, pero que pertenecía a otra época.

Estábamos en Belgrano.

Alguien mencionó que debíamos regresar a la congregación de Parque Chas. Un hombre se ofreció a llevarnos. Lo llamaban Don Mario.

Y entonces comprendí que aquello no era solamente un lugar desconocido. Estaba viviendo una escena de 1986.

El regreso de Don Mario

Don Mario era el suegro del pastor y diácono de la iglesia. Conducía el vehículo en el que viajábamos varios jóvenes después de participar de aquella campaña evangelística en Belgrano, donde más adelante se establecería definitivamente la iglesia.

El destino era la congregación de Parque Chas.

El viaje comenzó con normalidad. Don Mario conocía la zona y no necesitaba indicaciones. Sin embargo, al aproximarnos al barrio, empezó a dar vueltas.

Tomaba una calle, doblaba y avanzaba hasta encontrarse nuevamente en un sector que nos resultaba familiar. Intentaba corregir el recorrido, pero la esquina de la iglesia no aparecía.

Al principio pensamos que se había equivocado de calle. Después dejamos de hacer comentarios. Había algo desconcertante en ver a un hombre que conocía tan bien el barrio incapaz de completar un trayecto que debía resultarle rutinario.

Don Mario no parecía estar jugando ni buscando una dirección desconocida. Estaba intentando llegar a la esquina de la congregación, pero el recorrido se había convertido en una sucesión de calles que no conducían al destino esperado.

Finalmente, luego de mucha incertidumbre, encontró la esquina. Don Mario mismo comentaba que jamás le había sucedido algo así.

Llegamos a la congregación y la situación pareció terminar allí.

Yo había presenciado todo con una claridad extraordinaria. No estaba recordando una anécdota ni reconstruyendo una escena a partir de relatos ajenos. Para mí, aquello estaba sucediendo en ese mismo instante.

Lo más extraño era que no me preguntaba cómo había viajado cuarenta años hacia el pasado. En aquel momento, la única preocupación era comprender qué había ocurrido durante el trayecto.

Entonces, sin ninguna explicación, apareció la urgencia.

Algo me estaba llamando

No escuché una voz ni recibí una advertencia. Simplemente, supe en lo más profundo de mi ser que debía estar en otro lugar.

No recordaba una cita, una obligación ni un compromiso pendiente. Sin embargo, tenía la certeza de que debía llegar cuanto antes.

La sensación creció con una rapidez desconcertante. Ya no podía concentrarme en lo que acababa de presenciar. Necesitaba caminar, alejarme de allí y llegar a un destino que no conseguía identificar.

Intenté detenerme para pensar. No pude.

Una parte de mí quería permanecer en aquel momento de 1986. Necesitaba observar nuevamente las calles, comprender por qué Don Mario había dado tantas vueltas y averiguar si había algo que los demás no habían advertido.

Pero la urgencia se imponía.

Comencé a caminar cada vez más rápido. Mientras avanzaba, tuve la intención de mirar hacia atrás, de comprobar si la congregación y el ambiente de aquella escena continuaban existiendo. Quería conservar una imagen del lugar antes de abandonarlo.

No fue posible.

La necesidad de seguir adelante era demasiado intensa. Cada paso parecía alejarme de aquella experiencia y acercarme a algo que debía cumplir, aunque ignoraba de qué se trataba.

Las calles comenzaron a cambiar.

El paisaje de 1986 desapareció gradualmente y las fachadas que tenía delante adquirieron el aspecto de las construcciones que había visto durante mi caminata de aquella tarde. Reconocí las veredas, los árboles y las esquinas de Parque Chas.

De pronto, me encontré nuevamente en el presente.

La urgencia desapareció con la misma brusquedad con la que había surgido.

Me detuve y miré alrededor. La calle estaba iluminada por las luces de las viviendas. Se escuchaba el tránsito distante y, a lo lejos, alguien caminaba por la vereda.

Me volví para buscar el camino por el que acababa de regresar.

No había ninguna calle desconocida.

Tampoco existía una señal que indicara que, unos instantes antes, había estado en otro tiempo.

Un barrio que guarda sus secretos

Permanecí inmóvil durante unos segundos, intentando comprender lo ocurrido.

Había llegado a Parque Chas buscando inspiración para escribir cuentos y acababa de experimentar algo que parecía reunir todos los elementos de una historia fantástica: una calle inexistente, un traslado inexplicable a otra época y una experiencia interrumpida por una urgencia que no había elegido sentir.

Lo que más me inquietaba era el episodio de Don Mario. No había sido un sueño confuso ni una sucesión de imágenes inconexas. Había vivido aquella escena con una precisión que todavía podía reconstruir: la campaña en Belgrano, el regreso a la congregación, las vueltas por el barrio y la llegada final a la esquina correcta.

¿Por qué había sido llevado precisamente a 1986? ¿Qué relación existía entre aquel recorrido y la calle por la que había entrado esa tarde?

No tenía respuestas.

Mientras retomaba la caminata, pensé que quizá había cometido un error al buscar inspiración en un lugar tan particular. Parque Chas me había ofrecido algo mucho más inquietante que una idea para un cuento: una experiencia que parecía haber borrado la frontera entre el presente y un episodio de cuarenta años atrás.

Tal vez el barrio no escondiera portales visibles ni accesos que pudieran señalarse en un mapa. Quizá sus calles fueran, en determinadas circunstancias, algo más que simples recorridos urbanos.

No podía saberlo.

Pero había comprendido una cosa: el regreso no siempre dependía de la voluntad del viajero. Algo había interrumpido mi experiencia y me había obligado a continuar caminando, privándome de la posibilidad de mirar atrás para comprobar qué dejaba.

Y ahora, mientras las calles conocidas volvían a sucederse ante mis ojos, tenía la impresión de que el barrio no había terminado de mostrarme sus secretos.

Había ido a Parque Chas para encontrar historias.

No esperaba convertirme en una de ellas.



Esta historia de 1986 está basada en una historia real. El nombre de los personajes fue modificado de manera intencional.
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